martes, 6 de octubre de 2009

Ropa prestada


¿Quién eres tú?
¿Qué locura habita bajo los párpados que te arropan?
¿Qué rostro de vidrio se esconde en la penumbra?
¿Quién rompe cada noche el espejo de sus deseos
para conciliar el sueño?
¿Qué mano extraña suspira
recogiendo del agua mariposas muertas?
Si incluso la luz que te envuelve
no es más que un traje prestado.
¿Por qué continuar con tanto enigma?
Si eres sólo aire y polvo.
Como yo.

jueves, 1 de octubre de 2009

Y todo pudo ser una bella verdad


No ir a ningun lado.
Desaparecer para todos
para mí mis dedos.
No ir, quedarse en tierra
oscura y nieve.
Hacer muecas a insectos, reir y hablar sola.
Semanas, meses, vidas que se acumulan, que me arrepienten.
La gente con prisa fúnebre y desaliento.
Las gotas
caen, crean charcos.
El otoño que morirá y yo aquí
sin existencia, yo
deshojándome, deshaciendo las gotas de mi solidez transparente.
Que un sombrero me haga invisible para morir sin pecado,
sin hedor.
Que un paraguas me vuelva violeta para emerger en las nubes densas, aplastantes.
Que mi insignificancia se vuelva esquivez porque no, que no voy,
que me quedo a dormir mis insomnios
con mis manos y ramas desnudas.

martes, 29 de septiembre de 2009

En la orilla


Apenas puedo verla, pero hasta el tacto de esta arena me parece distinto. Mis manos la recogen y se cierran sobre ella. Siento cómo intenta huir, cómo se escurre entre mis dedos, lentamente. Entrego la mirada al mar que rompe a mis pies y no puedo sino encontrar una cruel semejanza entre mis manos y el agua, entre la arena y la vida; una vida que se pierde en tan sólo un instante, que se desvanece sin darnos cuenta, que se escapa por las grietas de esta sinrazón... Está ya amaneciendo. El cielo continúa manchado de esos grises que saben cómo atizar la ira del mar. Sobre la playa se adivinan las siluetas de las sombrillas y de las torres de tumbonas blancas. El hormigón y las palmeras del hotel -seguro que por lo menos tiene cuatro estrellas- dormitan más allá de las dunas, quizá recuperándose de una madrugada de risas despreocupadas, fiesta y alcohol. Me incorporo, muy despacio. Hace frío y me duele todo el cuerpo, pero creo que podré mantenerme en pie. Tengo heridas en las piernas, en los pechos y en la espalda, heridas que me escuecen, que se encabritan con el roce de la sal. Es como si me apagaran decenas de cigarrillos sobre la piel... La prematura luz del alba no parece dejar ningún resquicio a la esperanza. Cerca de mí yacen sus cuerpos desmadejados, entreverados de algas y botellas de plástico, cubiertos tan sólo de salitre y silencio. También puedo ver las rocas que esta noche rasgaron el vientre de la patera; unas rocas oscurecidas de sangre que devoraron a dentelladas todas las ilusiones y demasiada juventud, sumergiéndolas en la helada espuma del mar. Recorro la playa en busca de algún hálito de vida, pero todo es en vano. Ya no queda nadie. Ahora, acompañada por el dolor de la soledad, siento brotar mis lágrimas. Entierro la cabeza en el pecho y cierro los párpados -sólo será un momento- para suplicar clemencia por las almas de los muertos. Un anciano, acompañado por un pastor alemán, pasa a mi lado, a nuestro lado. Prefiere no mirar. Veo cómo aprieta el paso, cómo intenta fingir una indiferencia imposible, cómo llama con impaciencia al perro que se entretiene husmeando entre las ropas de uno de los cuerpos... Camino hacia la mole de hormigón y palmeras. Sí, quizá allí quieran darme un vaso de leche caliente y una manta. Quizá quieran darme también una oportunidad. Una oportunidad para desligarme del relente de esta miseria que me acosa desde niña. De una miseria que te mata cuando intentas marcharte de su lado. Atrapo por última vez la arena con mis manos y, conforme avanzo, siento cómo se escurre entre mis dedos, muy despacio. Y es como si también mi vida, al igual que la arena, se perdiera en esta playa preñada de dolor, cuajada de impotencia, lentamente...

lunes, 28 de septiembre de 2009

La ciudad que todo el mundo visita


He declarado mi amor
en un supermercado
he tratado de encontrarle
su encanto a las más horribles calles
he creído en la bondad originaria
de sus gentes
y hasta en la remota posibilidad de ser feliz
entre sus despojos
pero no puedo acostumbrarme
a su dureza
En esta ciudad
que nos hace tan malvados
declaro ahora mismo mi inocencia

viernes, 25 de septiembre de 2009

Lo insignificante lleva su peso


Los objetos guardados en un cajon,
abierto en el silencio
una tarde cualquiera,
pero tan inmensamente lenta
como la tarde de un abandono.
El polvo. Las formas.
Los colores y el tacto.
El olvido casi absoluto,
porque los ojos
se deslizaban sobre ellos
sin ninguna intención,
igual que a menudo sobre el mundo.
El sol, blanco en los visillos,
oro aún templado su ternura.
El murmullo ahogado de una televisión.
Un ladrido continuo.
Piar de gorriones.
El cajón que ofrece
los objetos del pasado,
el pasado mismo,
en una tarde
en que nos reencontramos
con el mismo sobresalto agridulce
con que nos sorprende una canción antigua.
¿Qué pensaba entonces?
Cada cosa es el fruto de un designio.
Una caja de chinchetas para una despedida,
una agenda sin memoria,
un mechero con el nombre de un restaurante,
un cuaderno vacío de tapas duras.
Lo único que perdura, tal vez,
sea la capacidad de los símbolos
—no del todo generosa—
y la alquimia falsa del pensamiento.
Los gorriones.
El perro fuera.
Las nuevas voces de los niños.
Fuera.
El aire de la casa,
en suspensión serena
sin voces,
sin el roce de pisadas,
casi ni él se mueve
para no despertar el instante.
Ni eternidad
ni memoria.
Cierra el cajón,
con cuidado, sin ruido,
y regresa
—no sé si distinto o idéntico al de antes—,
despacio,
con el paso consciente y silencioso
de la tinta de los versos.

jueves, 24 de septiembre de 2009

Del otro lado


“Alcanzó a cerrar otra vez los párpados, aunque ahora sabía que no iba a despertarse, que estaba despierto, que el sueño maravilloso había sido el otro, absurdo como todos los sueños”.

Julio Cortázar. La Noche Boca Arriba.


Despierto. Hojas verdes. No, negras. Afuera verdes, adentro negras. No me levanto todavía. Para qué. Qué lindo día, día de sol. Correrán ya algunos niños por el parque. Oficinistas que han de mirar por la ventana. Otros por el parabrisas. Embotellamientos del tráfico. Abril. Llega la primavera. Caminar por las calles. Aire. Pasos. Voces. Motores. Chirridos del tren subterráneo, que frena. Una mañana fresca. Esos reflejos en la ventana, que lo dicen todo. Como cuando era niño, encandilado por las figuras que proyectaba la estufa en el techo. Simétricas. Titilantes. Luz apagada. Ahora sol. Reflejos. Hasta la sombra de los barrotes se proyecta en la pared. Pero en Nueva York todas las ventanas tienen barrotes. Seguridad. Para que no entren. Para que no salgan. Quién se va a escapar?. Escape de qué?. De la vida?. Del destino?. Los otros se levantan. Yo no. Me quedan los reflejos. Con ellos me duermo. Niño de nuevo. Ahora despierto. Para qué?. Floto en mi cama. En sombras. Despertaré mañana y seré casi un anciano. La vida pasa. Se va. Tantos esperan vacaciones. Veranos. Navidad. Un cumpleaños. Citas. Proyectos. Algo para mañana. Una mañana tras otra, pronto no queda sino ayer. Otros sueñan con detener el tiempo. No sirve. No me sirve. Ayeres y mañanas. Adultos que sueñan con volver a ser niños. Niños que sueñan con ser adultos. Ahora. Ya. Etapas. Hoy. Hoy deliciosos, los menos. Pasajeros, los más. Intolerables, algunos. Los míos. Que no se culpe a nadie, algún cuento. Como el cuento del chaleco, cayo en la trampa, solo. Ese sí que tomó aire, sus últimas bocanadas. Y doce pisos. Única manera, tal vez. Caí en la trampa, solo. Reflejos. La mañana boca arriba. Me salí de las calzadas. De las calzadas neoyorquinas. ¿Mi vida? Recordar mi vida. Para qué. Como la de tantos otros. Pero cai en la trampa, por imbécil. No soy el único. No profanarás las iglesias. Brujas quemadas. No robarás los bancos. Equivalentes de hoy. Valiente. Idiota. Me levanto. Alguien toca la flauta. No me levanto. Qué más da. Rampales de ratonera. Pobre hombre. Lindas notas. Afuera el sol. Sale a tomar el sol, idiota. Idiota el sol. Corre por algún parque. Respira. Mira los pájaros. Vuela. Mira mujeres. Sueña. Bah!. Total, cierras los ojos y ya eres anciano. Todo una ilusión. Yo por tonto. Otros por vivos. Por nada. Ilusión igual, para todos. Celda para todos. Paredes interiores. Selva de celdas. Idioteces. Ruidos. Puerta. Viene el policía. Cuidando reclusos. Qué trabajo tan inocuo. ¿Cuánto le pagarán?

"¿Y tú chico, qué haces ahí?" "Levántate, hombre. Arriba, arriba, que empieza otro día".

Otro día. Veinticinco años y un día. Nueve mil ciento veintiséis días. Más. Nueve mil ciento treinta y dos días. Malditos bisiestos. Siempre fui rápido para la multiplicación. Trucos que me enseñó mi abuelita. Para multiplicar por veinticinco sacas la mitad de la mitad y multiplicas por cien. Se olvidó de los bisiestos, abuela. Hambre. Desayuno.

"Ya voy, chico, ya voy".

lunes, 21 de septiembre de 2009

Sin saber decir

La mano temblorosa de dedos heridos
inventa un adjetivo
que se graba, fugaz,
en el folio en blanco de mi cuerpo.
Tatuada
con verbos y adverbios misteriosos,
aquí sigo,
polvo y sal,
entre la luz milagrosa
de un eclipse inmóvil.
Entre intrincados laberintos
construidos de palabras aún no usadas,
entre garabatos de rumores de vidrio,
logro huir de mí por un momento
para entrar serenamente
en el calor ambiguo y luminoso
de unos versos
que todavía no conozco.