Apenas puedo verla, pero hasta el tacto de esta arena me parece distinto. Mis manos la recogen y se cierran sobre ella. Siento cómo intenta huir, cómo se escurre entre mis dedos, lentamente. Entrego la mirada al mar que rompe a mis pies y no puedo sino encontrar una cruel semejanza entre mis manos y el agua, entre la arena y la vida; una vida que se pierde en tan sólo un instante, que se desvanece sin darnos cuenta, que se escapa por las grietas de esta sinrazón... Está ya amaneciendo. El cielo continúa manchado de esos grises que saben cómo atizar la ira del mar. Sobre la playa se adivinan las siluetas de las sombrillas y de las torres de tumbonas blancas. El hormigón y las palmeras del hotel -seguro que por lo menos tiene cuatro estrellas- dormitan más allá de las dunas, quizá recuperándose de una madrugada de risas despreocupadas, fiesta y alcohol. Me incorporo, muy despacio. Hace frío y me duele todo el cuerpo, pero creo que podré mantenerme en pie. Tengo heridas en las piernas, en los pechos y en la espalda, heridas que me escuecen, que se encabritan con el roce de la sal. Es como si me apagaran decenas de cigarrillos sobre la piel... La prematura luz del alba no parece dejar ningún resquicio a la esperanza. Cerca de mí yacen sus cuerpos desmadejados, entreverados de algas y botellas de plástico, cubiertos tan sólo de salitre y silencio. También puedo ver las rocas que esta noche rasgaron el vientre de la patera; unas rocas oscurecidas de sangre que devoraron a dentelladas todas las ilusiones y demasiada juventud, sumergiéndolas en la helada espuma del mar. Recorro la playa en busca de algún hálito de vida, pero todo es en vano. Ya no queda nadie. Ahora, acompañada por el dolor de la soledad, siento brotar mis lágrimas. Entierro la cabeza en el pecho y cierro los párpados -sólo será un momento- para suplicar clemencia por las almas de los muertos. Un anciano, acompañado por un pastor alemán, pasa a mi lado, a nuestro lado. Prefiere no mirar. Veo cómo aprieta el paso, cómo intenta fingir una indiferencia imposible, cómo llama con impaciencia al perro que se entretiene husmeando entre las ropas de uno de los cuerpos... Camino hacia la mole de hormigón y palmeras. Sí, quizá allí quieran darme un vaso de leche caliente y una manta. Quizá quieran darme también una oportunidad. Una oportunidad para desligarme del relente de esta miseria que me acosa desde niña. De una miseria que te mata cuando intentas marcharte de su lado. Atrapo por última vez la arena con mis manos y, conforme avanzo, siento cómo se escurre entre mis dedos, muy despacio. Y es como si también mi vida, al igual que la arena, se perdiera en esta playa preñada de dolor, cuajada de impotencia, lentamente...






